
Nuevos archivos exponen la red científica que rodeó a Jeffrey Epstein
Documentos oficiales detallan cómo el financiero se apoyó en investigadores de élite para legitimar postulados racistas y misóginos.
La publicación de más de tres millones de documentos vinculados a Jeffrey Epstein, difundidos a finales de enero por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, revela la existencia de una amplia red de científicos de prestigio que mantuvieron relación con el financiero tras su condena en 2008. Aunque ninguno de ellos participó en sus delitos sexuales, los archivos muestran cómo el magnate cultivó vínculos con figuras académicas de alto perfil para reforzar su imagen pública y dar respaldo intelectual a planteamientos de corte racista y misógino.
Entre los nombres que figuran en esta nueva entrega aparecen referentes como Noam Chomsky o Bill Gates, así como la física teórica Lisa Randall, de la Universidad de Harvard, quien intercambió correos electrónicos con Epstein después de que este cumpliera condena por solicitar sexo a una menor. Según informó la revista Nature, también se documentan contactos con el neurocientífico Stephen Kosslyn y la profesora de Princeton Corina Tarnita, lo que evidencia que las conexiones del financiero con la comunidad académica fueron más extensas de lo que se conocía.
Tras su sentencia en 2008, Epstein continuó relacionándose con investigadores influyentes y canalizando recursos hacia universidades como Harvard, MIT y Arizona State University. Financió proyectos en física teórica, biología evolutiva y genética, además de organizar encuentros y conferencias exclusivas a las que acudieron científicos de renombre como Stephen Hawking y Kip Thorne. Parte de estas colaboraciones derivaron posteriormente en dimisiones y revisiones internas en distintas instituciones.
La documentación recientemente divulgada indica que el empresario buscaba validar investigaciones sobre raza, cognición y género alineadas con postulados supremacistas. Entre sus intereses figuraban propuestas de mejora genética del genoma humano y la transmisión selectiva de rasgos con la aspiración de crear individuos “superiores”, ideas que encontró eco en determinados intercambios privados.
Dan Vergano, editor senior de Scientific American, describió en un pódcast de The Guardian que Epstein actuaba como mecenas dentro de un exclusivo “club de chicos” articulado a través de intermediarios como el agente literario John Brockman y de los contactos editoriales de Ghislaine Maxwell. En ese entorno, según relató, el financista ejercía de anfitrión y patrocinador, facilitando espacios donde circulaban opiniones abiertamente sexistas y racistas.
Uno de los episodios más controvertidos revelados ahora incluye correos de 2016 entre Epstein y el científico cognitivo Joscha Bach, entonces vinculado al MIT, con afirmaciones sobre supuestas diferencias cognitivas raciales y especulaciones sobre intervenciones genéticas. En mensajes con el médico Peter Attia se registran comentarios despectivos hacia una mujer adulta, mientras que el informático de Yale David Gelernter recomendaba a una exalumna para un proyecto editorial describiéndola en términos físicos. Para Vergano, “Los archivos de Epstein ofrecen una visión de la verdadera misoginia que existe en la cultura científica, mayoritariamente masculina”.
Los papeles también recogen conversaciones previas con Nathan Wolfe sobre el desarrollo de una hipotética “viagra femenina” basada en un virus, así como el interés de Epstein por invertir en manipulación genética de embriones. Según The New York Times, el financiero llegó a plantear la idea de embarazar simultáneamente a varias mujeres para expandir su ADN. Tras la divulgación de estos materiales, los científicos mencionados han asegurado que desconocían los delitos del empresario y han expresado arrepentimiento por su relación o por haber recibido financiación procedente de sus fondos.
Más allá de los casos individuales, especialistas advierten del trasfondo estructural. La periodista Angela Saini sostiene que estas revelaciones ilustran cómo operan redes académicas que perpetúan el sexismo y el racismo. La socióloga Teresa Samper apunta que Epstein supo rodearse de figuras con gran autoridad cultural para conferir legitimidad a corrientes que biologizan las desigualdades. Por su parte, la historiadora Naomi Oreskes alertó de que el caso pone en cuestión la integridad científica cuando grandes fortunas pueden orientar líneas de investigación según sus intereses. En palabras de Jesse Kass, matemático de la Universidad de California en Santa Cruz, resulta imprescindible un debate profundo sobre los límites éticos en la relación entre academia y financiadores privados.










